A veces los mejores planes son los que surgen sin pensarlo demasiado. Aquella tarde, saliendo desde Ávila, decidí apuntar la camper hacia uno de mis lugares favoritos para observar fauna: el Parque Nacional de Monfragüe. No tenía prisa ni un plan cerrado… solo ganas de naturaleza. Y Monfragüe nunca falla.


Atardecer entre encinas y los primeros ciervos

Llegué al parque cuando el sol ya empezaba a caer. La luz anaranjada se filtraba entre las encinas y el ambiente tenía esa calma que invita a bajar el ritmo. Aparqué en un claro y salí a caminar un poco, sin esperar demasiado.

Y entonces aparecieron los primeros: una cierva con su cría, moviéndose con sigilo entre los matorrales. Más lejos, otro pequeño grupo pastaba tranquilo.
En Monfragüe, los atardeceres siempre traen vida: los ciervos aprovechan ese momento en el que el calor desaparece y se vuelven más activos. Y aunque son animales muy alertas —pueden girar las orejas casi 180° para localizar sonidos— este grupo parecía bastante relajado.


Mirador, merendero y una visita nocturna

Seguí hasta un mirador donde pensaba pasar la noche. Había un merendero de madera perfecto para cenar con buenas vistas del valle.

Preparé una cena sencilla, disfrutando del silencio. Y justo cuando estaba a punto de meterme en la camper para dormir, escuché un leve crujido.
Miré hacia el merendero y ahí estaba: otro ciervo, solitario, acercándose con mucha calma. Se plantó frente a mí unos segundos, olisqueó el aire y siguió caminando como si aquello fuese su rutina nocturna.

Fue un encuentro breve, pero intenso. Y dormí con la sensación de que Monfragüe ya me estaba regalando mucho más de lo esperado.


Desayuno acompañado

A la mañana siguiente, abrí la puerta de la camper, preparé el café y desayuné con el valle aún despertando. El aire era fresco y la luz, suave.

Y, como si siguiera un guion, el mismo ciervo de la noche anterior apareció de nuevo.
Se movía despacio, sin miedo, cruzando el claro justo delante de mí. Desayunar con un ciervo a pocos metros no es algo que pase todos los días… pero en Monfragüe parece casi normal.


Ruta por el parque: aves, senderos y más encuentros

Después de recoger, me fui a hacer una ruta por el parque. Monfragüe es un paraíso para quien disfruta con la fauna: el equilibrio entre dehesa, ríos, cortados y bosque crea un mosaico perfecto para muchísimas especies.

En una de las zonas húmedas, pude ver una garza real, inmóvil como una estatua mientras esperaba el momento exacto para cazar.
Más adelante, los inmensos buitres leonados aprovechaban las corrientes térmicas para sobrevolar las paredes rocosas. Son tan grandes que a menudo no hace falta prismáticos para sentir su presencia.

Por el camino también me crucé con varios grupos de ciervos, siempre atentos y silenciosos. En Monfragüe son fáciles de ver, pero cada encuentro tiene su encanto.


El mejor momento: los tres machos de la fuente

Ya por la tarde tocaba volver a Ávila. Conduje despacio, apurando los últimos kilómetros dentro del parque.
Antes de salir, paré en una fuente para beber agua y refrescarme un poco.

Y ahí llegó el momento estrella del día.

Justo en la fuente había tres machos de ciervo, los tres bebiendo al mismo tiempo.
Parecían tres amigos que habían terminado la jornada y habían quedado allí para hidratarse antes de volver a casa.

La escena era tan tranquila y tan divertida a la vez que pude sacarles fotos desde bastante cerca. Se quedaron un rato, levantando la cabeza de vez en cuando para vigilar, y luego continuaron su camino entre las encinas.


Monfragüe: sorpresa asegurada

Lo que empezó como una escapada improvisada terminó siendo una de esas experiencias que se quedan grabadas: atardeceres llenos de vida, un ciervo que me acompañó dos veces, aves increíbles y tres machos en una fuente que parecían posar para mí.

Monfragüe tiene eso: que siempre te vas con la sensación de haber vivido algo único.

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