
Salí de Zaragoza con esa mezcla de emoción y calma que acompaña a los viajes largos. La camper estaba lista y mi primera gran parada sería Ordesa, antes incluso de llegar a Aínsa.
La intención: empezar fuerte, tocar montaña y comprobar si tenía suerte con las marmotas.
Ordesa y la ruta de la Cola de Caballo: silbidos sin rostros
Llegué a Ordesa temprano y comencé la ruta de la Cola de Caballo, uno de esos senderos que te envuelve desde el primer paso. El valle estaba verde, el agua corría con fuerza y el ambiente era perfecto para estrenar el viaje.




A medida que subía, empecé a escuchar algo que me hizo sonreír: silbidos de marmotas, allá arriba, muy alto en las laderas. Ese sonido agudo que utilizan para avisar al resto de su colonia.
Estaban allí. Eso seguro.
Pero ese día, la ruta estaba muy concurrida. Mucha gente caminando, hablando, pasando cerca… y las marmotas, que son tímidas y siempre precavidas, prefirieron esconderse entre las rocas.
Pude escucharlas varias veces, pero no logré ver ninguna.
Lo que sí pude ver fue un rebeco, observando desde una pared de roca como un guardián del valle. Se quedó inmóvil unos segundos, lo suficiente para poder apreciarlo antes de desaparecer entre la montaña. Un pequeño regalo inesperado.

Al terminar la ruta, bajé hacia Aínsa para pasar la noche. Y aunque no había visto marmotas, la sensación fue buena: el viaje acababa de empezar.
Aínsa: descanso breve antes de un día muy esperado
Llegué a Aínsa al atardecer, con el cansancio agradable de la caminata aún en las piernas. Paseé un poco por su casco antiguo, respiré la tranquilidad del lugar y me preparé mentalmente para lo que venía al día siguiente.
Porque el día siguiente no era improvisado: tenía reservado desde hacía un mes mi visita al muladar de buitres. Tenía muchísimas ganas de vivir esa experiencia.
El muladar de Aínsa: la cita marcada en el calendario
La mañana siguiente, puntual, llegué al muladar. Era un día que llevaba tiempo esperando y se notaba en mi entusiasmo.
La chica que lo gestiona me recibió con una mezcla de profesionalidad y cariño por su trabajo, y pronto entendí por qué este lugar es especial.
Mientras hablábamos sobre la labor del muladar y cómo ayuda a las poblaciones de aves carroñeras, el cielo empezó a moverse.
Primero aparecieron los buitres leonados, planeando con esas alas enormes que parecen diseñadas para dominar el aire.

Luego llegó un alimoche, con su vuelo más delicado y atento, casi calculador.
Más tarde, un zorro se acercó desde los matorrales, moviéndose con esa calma curiosa que tanto los caracteriza.


Y en un momento casi silencioso, un quebrantahuesos cruzó el valle. Majestuoso, estable, inconfundible.

Aquello fue impresionante. Ver de cerca a estas aves algunas de ellas difíciles de observar incluso con suerte fue uno de los mejores momentos del viaje.
Entre conversación y explicación, la chica me dio un consejo muy valioso: un lugar específico en la montaña donde era fácil ver marmotas.
Una pista que cambiaría por completo mis siguientes horas.
Subiendo a la montaña: noche en altura
Con la recomendación fresca, conduje hacia el punto indicado. La carretera se estrechó poco a poco, la altitud aumentaba y el paisaje se hacía más abierto y alpino.
Encontré un lugar perfecto para detener la camper y decidí pasar la noche a unos 2.000 metros de altitud.

La luz del atardecer fue suave, el silencio absoluto. Dormir allí arriba, rodeada únicamente de viento y montaña, fue una de esas experiencias que justifican viajar sobre ruedas.
La mañana de las marmotas
A la mañana siguiente solo tuve que caminar unos minutos para empezar a oírlo: un pequeño silbido.
Esta vez no eran ecos lejanos entre cientos de excursionistas, sino señales claras.
Y ahí estaban.
Primero una marmota asomando tímidamente, luego otra más confiada, y finalmente varias moviéndose entre las rocas.
Las veía salir de sus madrigueras, ponerse en dos patas a vigilar, mordisquear hierba y observar el entorno con esa mezcla de curiosidad y prudencia que las caracteriza.



Después de haberlas oído el día anterior sin poder verlas, encontrarlas así, tranquilas y cerca, fue uno de los mejores momentos del viaje.
Última parada del tramo: Lago de San Mauricio
Con una sonrisa que me duró horas, recogí la camper y seguí hacia el lago de San Mauricio, en Aigüestortes.
El paisaje cambió completamente: bosques frondosos, agua cristalina y un ambiente fresco que invitaba a caminar sin prisa.

Fue un final perfecto para esta primera etapa: montaña, rapaces, rebecos, marmotas y lugares que parecen sacados de otro tiempo.
Un comienzo prometedor para un viaje largo
Empezar así un viaje por Europa fue una suerte. En apenas un par de días viví rutas intensas, encuentros inesperados y momentos que no se olvidan fácilmente.
Si esta era solo la primera parte del viaje, el resto prometía todavía más.
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